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Jornadas contra el préstamo de pago en bibliotecas

 

 
 

Buenas tardes-noches a todos. Como no nos sobra el tiempo, y también de sobra saben el motivo que nos trae aquí, pasaré de presentar o introducir ciertos términos reiterativos o técnicos y me dedicaré a dar mi punto de vista como usuario, que es para lo que estoy, o mejor dicho, estamos, ante ustedes.

La primera vez que mi madre puso un libro de cuentos en mis manos, éste tenía el sello de la Biblioteca de Guadalajara, la primera vez que leí un poema, fue sentado en la sala de préstamos, y la primera vez que oí hablar de Rayuela , libro conocido de Julio Cortázar, me vine para la biblioteca con el entusiasmo del que por falta de otros recursos, siente el misterio de la lectura a partir de las manos de un bibliotecario que presta y devuelve (respectivamente) con mirada cómplice, el libro deseado y el carnet que nos permite el conocimiento, la fantasía y el desarrollo personal; usos prácticos, a mi entender, muy en desuso en nuestros días, y más si se lleva a cabo ese derecho de préstamo en las bibliotecas, tan irracional y con oscuros beneficios económicos.

Desde esta perspectiva -la de los usuarios-, he de agradecer a la biblioteca pública, al menos en gran parte, mi afán por la lectura y muchos de los conocimientos que puso y que todavía pone a mi alcance, por ser escaparate de la cultura y trampolín de autores de segunda y tercera categoría, que quizá no tienen el respaldo de las grandes editoriales, pero que no dejan de ser de igual valía que otros con renombre.

Pero no todo es nostalgia. Los usuarios asimismo comprendemos otras directrices. Por ejemplo, al conocer la existencia de ese grupúsculo de editores, abogados y demás tiburones que forman el Centro de Derechos Reprográficos (CEDRO), entidad que se enorgullece en autodenominarse sin ánimo de lucro (aunque sus pingües beneficios superen los 16 millones de euros; y es que no hay derecho), los usuarios únicamente podemos sentir miedo y a la vez rabia, porque aquí está nuevamente la explotación de nuestros bolsillos, para que determinados recaudadores, editores, y tristemente, también autores, vivan todavía mejor a nuestra costa; ellos apelando a sus derechos.

Pero ya que mencionamos el Derecho de Autor , habría que destapar su significado y trascendencia. ¿Qué es el derecho de autor? ...el derecho a enriquecerse, el derecho a limitar la cultura del pueblo al antojo de pagos y ventas, tal vez un derecho chungo al local del conocimiento?... Por supuesto que no. El principal derecho de un autor, cuando éste decide la publicación de sus obras, es el de ser leído. Y claro que luego tiene que comer, y sacar adelante sus cosas, su familia, etc; pero igual que todos nosotros tenemos que sacar adelante las nuestras; igual, igual. Si a los usuarios de las bibliotecas se nos exige un tributo por el saber, incluso cuando los autores, por voluntad, deciden publicar sus obras (que es donde comienza el juego de la difusión de las ideas), aquellos que carezcan de conciencia social deberían plantearse no sólo su profesionalidad como autores, también su dignidad como personas. Por eso los usuarios creemos que los autores deberían salir a defender o a rechazar las medidas de las que CEDRO pretende sacar tajada, para ganar en transparencia y para que la gente tenga la oportunidad de decidir comprar o no sus libros desde la comprensión social de sus posiciones en este asunto, que trata de dinamitar la cultura de nuestro país y el admirable esfuerzo y dedicación que día tras día realizan los bibliotecarios para que la educación llegue a todos los estratos sociales, allanando los desniveles que existen a la hora de desarrollar nuestros valores humanos. Muchas gracias.

 

Javier Caballero

 

 

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