Presentaciòn
  Actividades Viernes de los cuentos Maratón Contacto
Inicio

 

Jornadas contra el préstamo de pago en bibliotecas

 

 
 

Mercaderes en el templo

 

Javier Azpeitia (Madrid, 1962) es subdirector de la editorial Lengua de Trapo. Como escritor, ha publicado, entre otras, las novelas Hipnos (Lengua de Trapo, 1996, premio Hammett de Novela Negra, cuya versión cinematográfica se estrenará este año) y Ariadna en Naxos (Seix-Barral, 2003). Su obra ha sido traducida al francés y al griego.

El libro es desde siempre el símbolo fundamental de la cultura, así que no resulta extraño que la representación de la destrucción cultural se haya realizado tradicionalmente por medio de la quema de libros. El humo de la biblioteca de Alejandría se parece al de las de Sarajevo y Bagdag: desde los tiempos del cuarto rey azteca Itzcóatl hasta los delirios de Ray Bradbury, pasando por la minuciosa labor pirotécnica de la Inquisición, quemar libros siempre ha constituido un modo de tabula rasa, de lograr por fin adormecer la memoria, de dejar atrás molestas alternativas, de desbrozar el camino ante el paso triunfal de las culturas oficiales para que se conviertan en únicas.

Debo a los curas que me educaron en la infancia una enorme cantidad de pequeñas virtudes: la virtud de esconder los propios sentimientos a todo el mundo, incluido a mí mismo; la virtud de hacer lo que me ordena alguien jerárquicamente superior sin plantearme las cuestiones éticas que puedan derivarse de ello; la virtud de desconectar totalmente cuando alguien habla en público como yo estoy haciendo ahora, y de no enterarme de una sola palabra, tanto si me interesa como si no me interesa lo que dice; la virtud de imponerme cualquier tipo de represión o sacrificio que no venga a cuento, o hasta, si resultara necesario, cualquier tipo de automutilación inútil. Y como los curas aquellos utilizaban la biblioteca del colegio para castigar los sábados a los alumnos que no éramos demasiado obedientes, les debo a ellos también que retardaran considerablemente en mí el vicio de la pasión lectora. Lograron evitar mi adicción a la lectura hasta que aprendí a escaparme del colegio y fui a dar con mis huesos cierto día, no sé por qué extraño azar, en la biblioteca del barrio.

Confieso que en aquel día aciago empezó a desmoronarse gran parte de la sólida educación que estaba recibiendo, y empezó también la carrera de despropósitos y errores que me ha llevado a convertirme en escritor y editor en un país y una época en la que el cincuenta por ciento de la población jura a voz en cuello que no ha leído nunca un libro y que no piensa hacerlo jamás. Por entonces las bibliotecas, para evitar que cualquier desinformado diera con la lectura de sus sueños, no tenían los libros escandalosamente a la vista como ahora, sino que al menos los escondían: había que consultar los ficheros, rellenar una petición y entregársela a un bibliotecario huraño. Previendo todo tipo de posibilidades, nadie me había enseñado a consultar ficheros, pero yo me iba al catálogo de títulos, mucho más sugerente que el de autores, y pedía los libros a partir de lo que me inspiraban las fichas, así que me inicié en la adicción a la lectura por medio de las vanguardias literarias, que habían dado unos títulos muy atractivos para el gusto de un niño: La cantante calva, La primera aventura celeste del señor Antipirina, Blanca o el olvido. Reconozco que asomarme al abismo de la literatura a través del acuchillado ojo surrealista me proporcionó una capacidad de la que el resto de los mortales suele carecer: la de comprender las políticas que emprenden los responsables de la cultura, cuando toman la no muy usual decisión de emprender algún tipo de política.

Bien, toda esta enorme digresión con la que estoy aprovechando un poco para contarles mi vida viene a cuento de lo que nos ha reunido aquí estos días: por fin alguien se ha dado cuenta de que, aunque esté poco extendido y bien delimitado en un pequeño grupo de marginados, nos hallamos lejos de erradicar el vicio de la lectura. La idea de ir recortando el exiguo presupuesto que se dedica a las bibliotecas, y de hacerlo de tal modo que lo recortado se le ingrese directamente a un grupo de editores y escritores para que, en vez de escribir y editar como suelen, lo gestionen y lo repartan lo más equitativamente que sepan entre sus compañeros de fechorías..., esta idea me parece un hallazgo de dimensiones incalculables, sobre todo si, como espero, no es más que un primer paso en lo que ya intuyo como la gran revolución cultural del siglo XXI y que desde aquí suscribo y apoyo. Por todo ello, y por si acaso no se le han ocurrido a nadie, voy a proponer algunas medidas evidentes a tomar una vez que se haya hecho lo que se va a hacer.

Lo primero es establecer un canon de pagos suficientemente escalonado. Un dinero por entrar a la biblioteca, un poco más por ver un libro, algo más por tocarlo, por abrirlo ya un sablazo y por empezar a leerlo ni se sabe..., hasta tal punto que acabarlo sea la ruina, y empezar otro el inevitable comienzo de la marginación social por indigencia.

Lo segundo es hacer que el dinero vaya directamente del usuario al autor para ahorrar lo más posible en gestión. Se prescinde de los bibliotecarios, por ejemplo, y se pone a los autores y editores por turno, en orden alfabético, en una especie de taquilla a la entrada de las bibliotecas.

Como evidentemente poco a poco se irá logrando erradicar el vicio de la lectura, para no acabar con los ingresos, se empieza a fomentar la quema o destrucción de libros. El usuario accede a las salas y paga entonces no por leer, sino por quemar el libro que le apetezca, con precios especiales para piras de colecciones. Las bibliotecas pasan a llamarse crematecas.

Y aquí está la medida final: un crematorio de escritores y editores vivos, que después de participar agrupados en la destrucción de su propia fuente de ingresos concluyan su generoso sacrificio con una autoinmolación. Una nueva manera de acceder al olvido de nuestras miserias. Un acontecimiento que dejará pequeña la antigua e intrascendente quema de la biblioteca de Alejandría superando la ficción de Fahrenheit 451. Ya está ahí el olvido, la instauración de una amnesia cultural sin precedentes.

Tengo un sobrino de trece años que por fin está abandonando cierta tendencia perniciosa a la lectura gracias a un sistema educativo que sigue obligándole, como en mis tiempos, a que lea cosas que no le interesan y que no entiende. O empezamos rápido con el plan que concluirá con la cremación de escritores y editores vivos o me temo que algún día este sobrino pase por la puerta de una biblioteca y sea captado por uno de esos actuales bibliotecarios que acechan ofreciendo libros envenenados. Sin que nadie lo quiera mi sobrino puede acabar convirtiéndose en escritor o en editor o, lo que es muchísimo peor, en lector, como su tío. Entre todos podemos evitarlo.

Muchas gracias.

 

Javier Azpeitia

 

 

Menú jornadas